Todo comenzó dos días antes. Un día cualquiera, otro de esos días en
los que su única diversión eran las horas pasadas en el laboratorio y dar un
pequeño paseo nocturno por lugares poco recomendables antes de volver a casa a
descansar. Un día tranquilo… hasta que se le ocurrió encender el televisor una
vez despertó.
Su laboratorio, destruido por una
explosión de origen desconocido. Presa del pánico, se volcó hacia la pantalla,
devorando los detalles. Todo reducido a escombros, no había datos de ninguno de
sus compradores ni de las sustancias. Bien. Restos humanos pertenecientes a una
mujer. A ella.
“Mierda, mierda, mierda” repitió una y otra vez apretando los puños
y moviéndose de un lado a otro. La cosa ya no pintaba tan sencilla.
Por un momento deseó tener a
alguien a quien acudir. A veces ser asocial tiene sus desventajas, y una de
ellas es que estás solo ante los problemas. No solía importarle: ella misma se
bastaba y sobraba para plantarle cara a la vida. Pero esa vez no podía hacerlo,
y lo sabía.
Sabiendo que no le quedaba otra opción, corrió escaleras arriba y
comenzó a buscar su teléfono móvil entre las sábanas del dormitorio. Una nueva
sarta de improperios salió de su boca al descubrir que el teléfono de Patrick
ya no era el que ella tenía.
Justo cuando lo necesitaba de
verdad. “Viva el don de la oportunidad,
Margaret”.
Fue hacia el coche limpiándose
las lágrimas de rabia de los ojos. Sabía que sólo era una posibilidad muy
remota, pero era la única que le quedaba.
El bar de Joe seguía siendo el mismo antro decadente que recordaba de hace 5 años.
Apenas cuatro o cinco personas apurando sus cervezas, y el barman secando unas
jarras; un barman que no era Joe, sino alguien más joven. Quizá su hijo, o
quizá no. El caso es que no lo conocía.
Pero sí que conocía al tipo
moreno de gafas metálicas y ojos verdes. Gracias al cielo, allí estaba. Patrick
la ayudaría. Patrick siempre sabía lo que hacer; era bueno en su trabajo. Los
abogados vienen bien cuando te han declarado muerto, ¿no?
Y el pánico regresó al descubrir
que también estaba muerta –o más bien, borrada por completo- para él. Aún
trataba de procesarlo cuando su camisa se tornó carmesí, y la realidad de que
Patrick nunca más volvería se hacía patente al tiempo que veía volar los trozos
de su cráneo por los aires.
En estado de shock, vio a los dos
tipos, pálidos y extraños, entrando al local. Les miró sin comprender nada,
pero sabiendo que nunca olvidaría esos rostros.
De repente el resto de personas
del bar cayeron inconscientes… y su sangre comenzó a flotar. ¿Quién estaba más
asustado, ella o los tipos armados? No era capaz de determinarlo. Oyó una conversación
sin escucharla, y otro tipo, mucho más intimidante y atractivo que los otros,
surgió de las sombras y se la llevó, cogiéndola de la nuca como si él no fuese
otra cosa que la madre de un gatito revoltoso.
La limusina negra era preciosa y
la tapicería suave, tan suave como la voz de aquél tipo, pálido y con una larga
y negra cabellera. La conversación fue extraña, y ver aquella pistola también.
Pero lo importante no es la
conversación. Lo importante fueron las palabras que surgieron precipitadamente
de sus labios temblorosos.
"Acepto. Acepto el trato".
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