lunes, 5 de enero de 2015

Susurros de plata. Capítulo dos: El robo más ridículo del mundo.

Despertar en el suelo no es muy agradable, aunque el frescor de la piedra en la piel no es molesto, ni mucho menos. Especialmente cuando ya estás muerto. No obstante, desorienta bastante. Al incorporarse observó la puerta ante la que se hallaba. Aún algo distraída, la golpeó con los nudillos, sin obtener respuesta. Entonces, al mirarla de nuevo, se fijó en el cartel que colgaba del pomo. 
"Cuida de tu hija".
Comprendió quién había al otro lado de la puerta y, con un suspiro, llamó de nuevo, esta vez pronunciando un nombre. La pequeña abrió, algo temblorosa.
Margaret se alegró de que la reconociese, pero, al mismo tiempo, iba creciendo una opresión en su pecho. No le gustaba sentirse responsable de alguien, cuidar de otro que no fuese ella misma. Quizá por ello nunca había querido interactuar demasiado con el resto de humanos de su entorno. Pero ahora ya daba igual, pues no sería nunca más uno de ellos.

Lucía no le dio tiempo a pensar, pues una petición salió de sus finos labios.
- Tengo hambre.
Se dio cuenta de que ella también estaba ligeramente sedienta, así que la tomó de la mano.
- Vamos a solucionarlo.-dijo, y con una sonrisa la condujo al lugar donde podrían beber algo. 
Ya había estado allí con anterioridad, aunque no se sentía del todo cómoda. Aún no se había acostumbrado a su nueva familia. Al abrir la puerta de la estancia, vio a Lazarus en ella. Muchas preguntas se formaron en su cabeza, pero no fue capaz de formular ninguna, salvo la petición de sustento. 
Su sire suspiró y se levantó del sillón, sirviéndoles dos copas. Margaret bebió la suya de un trago y le mostró la nota de la puerta, preguntando qué significaba, aunque fuese obvio. Esperaba que él le dijese que estaba equivocada, pero no fue así. Se trataba de una orden directa, y no podría ir jamás contra la voluntad de Lazarus. 

De repente, sintió un gran vacío en su interior. No sabía qué hacer, cómo actuar, a dónde ir. Recordó que tenían una misión, y abrió el móvil, buscando el número de Dan. No lo cogió. Estupendo. 
Nunca había sido una persona paciente, así que sin pensarlo demasiado le dijo a su joven compañera:
- Deberíamos vestirnos. ¿Te apetece ver un cuadro, pequeña?
- Bueno. 
Tras arreglarse un poco, subieron al coche de Margaret. 
Al ir a arrancar, dirigió la vista a ambas, y se dio cuenta de lo impulsiva que estaba siendo. No tenía sentido acercarse simplemente para echar un vistazo. Era demasiado peligroso, y la mayoría de información la tenían los dos tipos que parecían haber salido de una película de Tarantino. Así que al ponerse en marcha no se dirigió al museo, sino a la casa del vampiro que parecía estar apagado o fuera de cobertura. 
Con un par de preguntas, vio, para alivio suyo, que la niña había comprendido que iban a robar aquel cuadro, y no parecía sentirse mal por ello, si bien algo incómoda. La intentó tranquilizar, pese a que ella misma también sentía que sería bastante inútil en aquellas circunstancias.

Aproximadamente tras una hora de conducción, llegaron a la casa. Justo a tiempo, pues Dan estaba subiendo a su coche. Al acercarse le preguntaron qué ocurría. 
- Problemas.
- ¿Y la misión?
- Si no hacemos esto primero, no podré localizar a mi compañero, y no podremos hacerla.-abrió el maletero de su coche, sacando un armamento de él para meterlo en el de Margaret, y cambió el asiento de copiloto con Lucía.-Yo te indico.
Suspirando ante la actitud del vampiro, pero sin enfadarse, arrancó de nuevo. Llegaron a una casa en la que parecía haber una fiesta. No se molestó en bajar, pues pensó que sería un retraso innecesario. 
Al poco tiempo, apareció Dan de nuevo junto a un tipo con una curiosa cresta verde. Le miró con curiosidad mientras dejaban su coche y se metían al del otro, un 4x4 negro. 

Miró un poco a su alrededor mientras se dirigían a un lugar que no identificó, del que sacaron al otro psicópata, que se sentó junto a ella. ¿Acaso estaba rodeada de locos de atar? 
Efectivamente, aquella pregunta se respondía por sí sola. 
Su mente estaba en otra parte mientras el tipo de la cresta -se llamaba Brad- recibía sin replicar todas las quejas del otro. Al parecer, era su sire quien estaba en problemas, un tal Azkan, y no parecía guardarle ningún respeto ni deseos de que siguiese con vida. Margaret intentaba recordar dónde había oído aquel nombre, cuando se encontró con que le preguntaban qué sabía hacer.
Se sorprendió a sí misma titubeando. No esperaba aquella pregunta. Cometió un error que llevaba años sin cometer: respondió con sinceridad. 
-Nada demasiado útil en esta situación.
El vampiro sentado a su lado no fue comprensivo. Tampoco esperaba que lo fuese. Pero por fin llegaron. Le dieron una Colt, que metió en su abrigo junto una de sus dagas mientras apretaba los dientes para no partirle la boca a su compañero, que parecía pensar que era retrasada mental. 

No intervino demasiado en el rescate de Azkan, a quien ya recordaba. Pero salió bien, y pudieron salir de allí. Curiosamente, apareció también otro conocido. Era Arho. Cuando subieron al coche, intentó hablar con él acerca de Lucía, pues, hasta donde ella había oído, Arho era su sire adoptivo. 
"No se me dan bien los niños". "Es que tengo muchas cosas que hacer". 
Contuvo un suspiro. ¿Acaso a ella se le daban bien? 
Pero no tenían tiempo de discutir. Con Lucía en su regazo, intentó que no estuviesen demasiado incómodas. Arho tecleaba en su portátil. Para ser tan joven, parecía muy experto con la tecnología, y les solucionó un par de contratiempos surgidos para su robo, como el hecho de carecer de una furgoneta. 

Entraron a la zona de carga del museo. Dan y Vlad -el psicópata- marcharon delante. Tenía que ser una operación silenciosa, y para ello había que admitir que eran los más indicados. 
Pero el ruido y los gritos les alertaron y salieron corriendo a donde estaban, pues, entre otras cosas, había saltado la alarma y aquello no parecía ser demasiado bueno.
Había una cámara destrozada y un tipo muerto. 
Los acontecimientos habían pasado demasiado deprisa, especialmente cuando ella oyó a lo lejos los coches de la policía acercándose. Pero lo que importaba era que sólo habían matado a una persona de forma innecesaria -pues los policías que los perseguían habían sido víctimas más que justificadas-, que habían cumplido su objetivo sin transgredir la Mascarada y que algo en su interior había cambiado.

De la frustración había resurgido su auténtico ser, que no se había manifestado desde el día en que su vida se redujo a cenizas. 
Su clan no escogía a los integrantes al azar. Era una Tremere por algo. Y no iba a desperdiciar ni un segundo más. Ya no. 
A su disposición había un conocimiento sumamente poderoso y ancestral. Pensaba aprovecharlo. 
Porque ella no era aquella persona temerosa e indecisa que había actuado aquella noche. 
Y nunca, nunca lo sería.