domingo, 1 de junio de 2014

Susurros de plata. Capítulo uno: Renacer

Todo se tornó oscuro y frío. Sintió dolor y placer fusionándose en macabro y frenético baile en el interior de su sistema nervioso. Nunca había sido consciente del calor que había en su interior hasta aquel instante previo a su completa desaparición. Aún quería creer que el calor volvería… pero no tenía muchas esperanzas de que así fuera. La oscuridad la abrazó, y Margaret se dejó arrastrar por ella.

Lo siguiente de lo que fue consciente fue del hambre… Lazarus estaba allí cuando el hambre llegó. Sabía lo que era ese líquido, y sabía que lo deseaba. No tuvo tiempo ni a pensarlo mientras tragaba con voracidad. La saciedad dejó paso a la incertidumbre, al temor.

Lazarus se puso tras de ella y la abrazó. Aunque la sensación le resultó familiar, no pudo reconocerla. Le dijo lo que era, quién era él, dónde estaba, su nueva existencia recién comenzada, mientras jugueteaba en su cabello cobrizo con su nariz afilada.

Margaret sentía menos miedo, y ya estaba aceptándolo. Lazarus –o, como se recordó a sí misma, su sire- le gustaba. La capilla le gustaba. En cierto modo, era una oportunidad.

Un regalo, pero no de Dios, sino de un hijo de Caín.

Apenas había podido comenzar a investigar cuando le dieron sus primeras instrucciones. Cogió el coche.
El edificio barroco era bastante ostentoso. Tuvo que evitar fruncir los labios ante los primeros formalismos. Cómo detestaba la etiqueta. Pero su modo de vida parecía aplicable a su no vida.

“Recuerda: La vida es un teatro. Asegúrate de interpretar bien tu papel”. Se dijo mientras se acercaba a la sala de la derecha.  Aún no lo sabía, pero aquél lugar se llenaría de otros extraños individuos.

El tipo extraño casi choca por segunda vez con ella –la primera había sido hacía unas horas en la capilla- y le sonrió de un modo ligeramente perturbador. Qué poco le gustaba aquel muchacho. Llevaba de la mano a una niña, y la dejó junto a ella mientras desaparecía por una puerta.

Nunca se le habían dado bien los niños, y aquella era una niña asustada, sin zapatos y con la mirada perdida, buscando algo que, aunque Margaret no sabía lo que era, podía comprender que no era posible encontrar. Apartando recuerdos de su propia niñez que comenzaban a despertarse contra sus deseos, acarició el pelo de la niña, intentando calmarla, que viese que ella no le haría daño. Le dijo su nombre: Lucía. Bonito nombre.

Un vampiro bastante trastornado apareció, presentándose como Azkan. Margaret tuvo miedo de que alterase a la inestable niña, pero no lo hizo. Parecía que ya lo conocía… o al menos a otros como él. Con esta dudosa compañía, entraron en la sala. Al poco tiempo, ésta se llenó.

Reconoció a Lazarus hablando con otros tipos en un lateral... y también reconoció dos caras que nunca olvidaría, mientras apretaba los dientes.

Conforme las cartas fueron poniéndose boca arriba, comprendió que debía olvidar su vida anterior. El tipo del cigarro era un sociópata, pero tenían que trabajar juntos. De todos modos, aunque no hubiese matado a Patrick, su relación ya estaba muerta, pensó con resignación. No obstante, ser consciente de esto no hacía que tuviese ganas de confiar en el susodicho.

Miró a Lazarus. Este se encogió levemente de hombros. Su mirada decía “esto no depende de mí, pero es lo que debes hacer”. Dejó caer levemente sus párpados. Si Lazarus estaba allí, lo haría.

Se mordió el labio al ver que Lucía se arañaba los brazos, y cogió sus manos con suavidad y firmeza. Ya bastaba de dolor para aquella niña, al menos mientras ella estuviese presente.

La reunión continuó fuera de allí, en casa de uno de los presentes, el que tenía las puntas del cabello de colores. Parecía un tipo sensato, demasiado para juntarse con aquel capullo integral sociópata que lo resolvía todo a tiros y trataba de intimidarla y hacerla sentir como un desecho. A ella y al resto de los presentes. Cómo lo llamaba Freud… ah sí, proyección. Justamente eso.
Si a esto sumábamos el tipo extrañamente reservado e impredecible, no podía negarse que eran un grupo variopinto.

La situación no pintaba muy bien ante el análisis de su mente calculadora. Tenían que robar un cuadro, y no iba a ser tarea fácil.

Lucía repetía que no quería robar nada. La miró, comprensiva. Ella tampoco quería robar. Llevaba muchos años sin hacerlo, y no le apetecía en absoluto. Pero tendría que encontrar la manera de explicárselo a la pequeña.

Al menos sabía lo que tendrían que hacer la tarde siguiente nada más cayese el sol.
Se despidieron y fueron subiendo a sus respectivos automóviles.


“Ven Lucía. Vamos a casa. Creo recordar que alguien te debe unos zapatitos rojos de charol” dijo, tendiéndole la mano con una tenue sonrisa. 

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