Todo se tornó oscuro y frío. Sintió
dolor y placer fusionándose en macabro y frenético baile en el interior de su
sistema nervioso. Nunca había sido consciente del calor que había en su
interior hasta aquel instante previo a su completa desaparición. Aún quería
creer que el calor volvería… pero no tenía muchas esperanzas de que así fuera.
La oscuridad la abrazó, y Margaret se dejó arrastrar por ella.
Lo siguiente de lo que fue
consciente fue del hambre… Lazarus estaba allí cuando el hambre llegó. Sabía lo
que era ese líquido, y sabía que lo deseaba. No tuvo tiempo ni a pensarlo
mientras tragaba con voracidad. La saciedad dejó paso a la incertidumbre, al
temor.
Lazarus se puso tras de ella y la
abrazó. Aunque la sensación le resultó familiar, no pudo reconocerla. Le dijo
lo que era, quién era él, dónde estaba, su nueva existencia recién comenzada,
mientras jugueteaba en su cabello cobrizo con su nariz afilada.
Margaret sentía menos miedo, y ya
estaba aceptándolo. Lazarus –o, como se recordó a sí misma, su sire- le gustaba. La capilla le gustaba.
En cierto modo, era una oportunidad.
Un regalo, pero no de Dios, sino
de un hijo de Caín.
Apenas había podido comenzar a
investigar cuando le dieron sus primeras instrucciones. Cogió el coche.
El edificio barroco era bastante
ostentoso. Tuvo que evitar fruncir los labios ante los primeros formalismos.
Cómo detestaba la etiqueta. Pero su modo de vida parecía aplicable a su no
vida.
“Recuerda: La vida es un teatro. Asegúrate de interpretar bien tu
papel”. Se dijo mientras se acercaba a la sala de la derecha. Aún no lo sabía, pero aquél lugar se llenaría
de otros extraños individuos.
El tipo extraño casi choca por
segunda vez con ella –la primera había sido hacía unas horas en la capilla- y
le sonrió de un modo ligeramente perturbador. Qué poco le gustaba aquel muchacho. Llevaba
de la mano a una niña, y la dejó junto a ella mientras desaparecía por una
puerta.
Nunca se le habían dado bien los
niños, y aquella era una niña asustada, sin zapatos y con la mirada perdida,
buscando algo que, aunque Margaret no sabía lo que era, podía comprender que no
era posible encontrar. Apartando recuerdos de su propia niñez que comenzaban a
despertarse contra sus deseos, acarició el pelo de la niña, intentando
calmarla, que viese que ella no le haría daño. Le dijo su nombre: Lucía. Bonito
nombre.
Un vampiro bastante trastornado apareció,
presentándose como Azkan. Margaret tuvo miedo de que alterase a la inestable niña,
pero no lo hizo. Parecía que ya lo conocía… o al menos a otros como él. Con
esta dudosa compañía, entraron en la sala. Al poco tiempo, ésta se llenó.
Reconoció a Lazarus hablando con
otros tipos en un lateral... y también reconoció dos caras que nunca olvidaría,
mientras apretaba los dientes.
Conforme las cartas fueron
poniéndose boca arriba, comprendió que debía olvidar su vida anterior. El tipo
del cigarro era un sociópata, pero tenían que trabajar juntos. De todos modos,
aunque no hubiese matado a Patrick, su relación ya estaba muerta, pensó con
resignación. No obstante, ser consciente de esto no hacía que tuviese ganas de
confiar en el susodicho.
Miró a Lazarus. Este se encogió
levemente de hombros. Su mirada decía “esto no depende de mí, pero es lo que
debes hacer”. Dejó caer levemente sus párpados. Si Lazarus estaba allí, lo
haría.
Se mordió el labio al ver que
Lucía se arañaba los brazos, y cogió sus manos con suavidad y firmeza. Ya
bastaba de dolor para aquella niña, al menos mientras ella estuviese presente.
La reunión continuó fuera de allí, en casa de uno de los presentes, el
que tenía las puntas del cabello de colores. Parecía un tipo sensato, demasiado
para juntarse con aquel capullo integral sociópata que lo resolvía todo a tiros
y trataba de intimidarla y hacerla sentir como un desecho. A ella y al resto de
los presentes. Cómo lo llamaba Freud… ah sí, proyección. Justamente eso.
Si a esto sumábamos el tipo
extrañamente reservado e impredecible, no podía negarse que eran un grupo
variopinto.
La situación no pintaba muy bien
ante el análisis de su mente calculadora. Tenían que robar un cuadro, y no iba
a ser tarea fácil.
Lucía repetía que no quería robar
nada. La miró, comprensiva. Ella tampoco quería robar. Llevaba muchos años sin
hacerlo, y no le apetecía en absoluto. Pero tendría que encontrar la manera de
explicárselo a la pequeña.
Al menos sabía lo que tendrían
que hacer la tarde siguiente nada más cayese el sol.
Se despidieron y fueron subiendo
a sus respectivos automóviles.
“Ven Lucía. Vamos a casa. Creo recordar que alguien te debe unos
zapatitos rojos de charol” dijo, tendiéndole la mano con una tenue sonrisa.
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