martes, 1 de julio de 2014

Tradiciones olvidadas. Prólogo: La suerte no siempre nos acompaña (I)

Cat suspiró. Sentada en la habitación de aquel motel a las afueras de Nueva York, aún se preguntaba qué hacía allí. 
Estaba a unos 3000km de su hogar... y no son pocos kilómetros precisamente.
Un larguísimo viaje en coche, y todo por perseguir una quimera en forma de nota. Al final iban a tener razón aquellos que decían que la juventud es la época de la vida más irreflexiva e imprudente.

Reunirse con alguien en Central Park. Todo por eso. 
Pero es que las circunstancias eran cuanto menos interesantes. 
No todos los días aparece bajo tu puerta una carta sin remitente, sin dirección, sin sello, sin nada más que tu nombre escrito en caligrafía sencilla. No sueles encontrarte con instrucciones sin explicaciones. Las firmas no suelen tener forma de huella de gato. 

Se desperezó y comenzó a vestirse, mirando por la ventana con vistas a un mediocre aparcamiento envuelto en la semioscuridad de las noches de luna llena, sin ser apenas consciente del círculo de tierra seca alrededor de su cama. 

En cierto modo, la nota no había sido más que la excusa perfecta para hacer ese viaje que llevaba dos años aplazando. Se preguntó si el sustituto temporal estaría haciendo bien su trabajo. Seguramente sí. En Territorios del Noroeste todos amaban su tierra, y hacían lo posible por cuidarla. Así que apartó su hogar de sus pensamientos y regresó a sus planes inmediatos. 
Iría a ver a la persona que tanto interés tenía en verla, y a la mañana siguiente pasaría por el apartamento que le dejaron aquellos tíos lejanos en herencia. Tenía la llave, sí, pero le había parecido mala idea aparecer allí en plena noche. Por eso estaba en el motel, claro, a pesar de que no llevase tanto dinero en efectivo. De hecho, se había quedado con prácticamente nada de efectivo...
Bueno, ya iría a la mañana siguiente al banco. 

Una vez lista, salió del cuarto con sus escasas pertenencias en los bolsillos y cerró la habitación. Dejó la llave en recepción, mirando con desconfianza a un tipo que se cruzó en el vestíbulo... y no era para menos, ya que llevaba a una chica inconsciente sobre el hombro. No obstante, no era asunto suyo, así que pasó de largo. 
La joven Catherine podría ser muchas cosas, pero sabía que había gente, como aquel tipo, con la que no debía meterse si tenía prisa en hacer otras cosas.


Entró en el 24 horas del motel. Necesitaba un mapa… Y lo encontró, con una notita y la huella de gato como firma. Inquietante cuanto menos, sí. Pero al menos sabía una cosa: quien quiera que la buscase, tenía algún poderoso motivo para tomarse tantas molestias en que ella llegase sin problemas a su destino.
Se llevó el mapa -acabando así con sus últimos recursos monetarios- y subió al coche, conduciendo tranquilamente por la carretera, prácticamente vacía. 
Fue al llegar a un cruce cuando el motor hizo un ruido que no presagiaba nada bueno… y el coche se paró, negándose a continuar.

Con cara de evidente fastidio, bajó del coche, levantando el capó. No tenía un mal coche, pero es cierto que quizá, tras tan largo viaje, debería haberlo mimado más. Ahora a pagar las consecuencias.
No conseguía averiguar cómo poner el motor en marcha. Los depósitos de agua y aceite estaban en sus niveles, había gasolina, ningún manguito había caído. Aún se preguntaba qué había pasado cuando apareció otro coche en el cruce. Parecía un milagro: el lugar estaba desierto salvo por las cuatro siniestras atalayas de las esquinas y edificios dormidos varios.

Hizo gestos, y el coche aminoró la marcha. Lamentó haberlo hecho: el tipo de pelo largo que conducía el coche parecía algo desquiciado y la apuntaba con un arma para que subiese al coche, diciendo que la llevaba. "Yuhu, Cat, parece que hoy es tu día de suerte."
Por otra de las esquinas del cruce apareció una muchacha en pijama y descalza, corriendo y tropezando, maniatada. Cat rodó hacia el lateral por si el conductor del otro vehículo disparaba e  intentó desatarle las manos mientras le preguntaba cómo estaba… 

Y entonces los oyó.
Aullidos. 

Iba a aullar a coro, como siempre hacía. Pero se contuvo. Esos aullidos no sonaban amistosos. Ni tampoco exactamente lobunos, pensó a su pesar. 
Subieron rápidamente al coche, siguiendo las órdenes del tipo con el arma, que les pasó armas para defenderse. Intentó huir, pero aparecieron más criaturas en el lugar.

La batalla estaba perdida de antemano. Y más con alguien tan loco como para salir a pelear dejando atrás su única protección: el coche. Balas, gruñidos, arañazos, mordiscos, aullidos, sangre. 
Los dos compañeros estaban muertos… Y ella sería la siguiente.
Pero alguien más entró en escena mientras abría temerosa la puerta del conductor, alguien que la cogió en brazos y la llevó lejos, lejos de los ruidos y del olor a sangre y muerte.

Unos brazos fuertes y peludos, por cierto. 

Pudieron pasar varias horas hasta que, al fin, su salvador la llevó a una especie de habitación, y la dejó caer en un asiento. No parecía muy feliz, aunque no podía ver gran parte de su cara, cubierta por una capucha. 

-¿Quién eres?-fue lo primero que acertó a preguntar.
-Soy el tipo que acaba de salvarte la vida.-dijo, con tono cansado, como si hubiese sido más una obligación que un acto altruista.

-Gracias-dijo Cat, con un hilo de voz.
-No te des tanta prisa en agradecérmelo... 
¿Quieres saber por qué?

Le miró, dudando. Sabía que se iba a arrepentir de preguntar, pero lo hizo.
-¿Por qué?
-Porque dentro de poco seré yo quien te la quite.